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 Diferentes razas                                                                                             Aguada, Puerto Rico

 

 

             P/ ¿De dónde vienen las diferentes razas, si Adán y Eva eran de un solo color? Las otras, ¿son mutaciones? ¿Es efecto de la dispersión de Babel? ¿Era esa torre más alta que las de tumbadas el 11 de septiembre por los aviones? ¿Cómo podían pecar o ser castigados los hombres, si aún no estaba  promulgado el decálogo? Leandro Ayala.       

            R/ No hace muchas semanas utilicé la imagen del perro para decir que hay cuestiones religiosas que están en la parte más fina de su anatomía: el hocico (la Iglesia y los Sacramentos). Otras están en la cola (tener ujieres para controlar el vestido de algunas mujeres en el templo). Lo del tamaño de las torres de N. Y. o de Babel se encuentra tan al extremo del rabo, que es como el pelo que ya se le cayó. A mí por lo menos no me preocupa en absoluto. Y es que muchas de estas cuestiones son estrategias de distracción, que nos apartan del verdadero sentido de la Revelación, hecha por Jesucristo a la Iglesia, que es su presencia real a través de la Eucaristía.

            Es cierto que algunas interpretaciones, a mi juicio infantiles, dicen que la multiplicidad de las razas, así como la de las lenguas, parte de ahí. Pero creo que no se puede decir eso ni en rigor histórico, ni en rigor bíblico. En ella, en la Biblia, lo que se dice es que el hombre se ensoberbeció y quiso darle a Dios una lección. Pero se encontró con el fracaso de su soberbia; como otro día, muchos siglos después, los judíos tenían al borde de un precipicio a Jesús para despeñarlo. Pero, cuando ya le iban a dar el empujoncito definitivo, él se volvió hacia ellos y todo lo que supieron hacer fue abrirle paso entre ellos (Lc. 4,30).

            La diferencia es que aquí estamos en los momentos de la precultura, de la prehistoria…, ante una imaginación oriental que para encontrar una respuesta utiliza un cuento, una parábola, una ficción… Naturalmente, convertir hoy nosotros esa ficción en una respuesta científica es una metedura de pata.

            Lo de las razas que nos lo expliquen los científicos, si lo saben (aunque sea empleando la palabra “mutaciones”), y si no, que se callen. En cualquier caso, ¡que nadie quiera comprometer la Revelación de Jesús  a sus apóstoles, ni en el texto bíblico, ni en las declaraciones eclesiásticas!

            Lo del pecado es otra cuestión. En realidad, lo que se llama la Ley Natural es un reflejo de la de Dios en el alma del hombre, creado a su imagen y semejanza  (Gn. 1,27). Por eso no es preciso esperar a una revelación especial de esa Ley Divina, para saber con certeza, si estoy obrando bien o mal. Los que la quebrantasen gravemente irían el infierno entonces como hoy, y los que la cumpliesen, tendrían que esperar la redención de Jesús, para salir de ese otro infierno llamado “Limbo de los Justos”, a donde llegó Jesús en los días que su cuerpo estuvo en el sepulcro, para sacarlos, como recitamos en el Credo. No olvidemos que la salvación nos viene por Jesús (Jn. 15, 5, por citar uno de tantos textos bíblicos que lo aseguran).

 

 
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