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 El sombrero                                                                                             Aguada, Puerto Rico

 

  El sombrero en el templo                             

            P/ ¿Se puede entrar en el templo para una ceremonia y quedar con la gorra puesta? Mercedes Feliciano

            R/ Una de las acusaciones que ha tenido que soportar la Iglesia Católica es la de ser demasiado ritualista, demasiado ceremoniera: los ornamentos sagrados, los ritos, los movimientos, las ceremonias, el celibato... Y no nos damos cuenta de que la mayor parte de los grupos se desviven por lograr la identidad de vestidos y gestos cuando se presentan ante un público de barrio o de discoteca.

            Hubo tiempo en que el sombrero o la gorra, a parte del servicio que hacían frente al sol, eran instrumentos de un lenguaje. Hay que ver, por ejemplo, en las Películas del Oeste el gesto chulesco del protagonista levantándose el ala del sombrero con la punta de la pistola que acaba de disparar; o rendir pleitesía ante una dama quitándose el sombrero con una arrogante ceremonia giratoria.

            O en las procesiones españolas las fuerzas militares escoltando la Custodia o la imagen del santo que sea, llevando el fusil humillado, con el caño hacia abajo, y en la mano izquierda el tricornio, apoyado en el antebrazo, en postura horizontal... También como militares rendían honores a Dios.

            En un pueblo de la Rioja, en España, el día del Corpus, un señor, que presenciaba la Procesión, no se quitó la gorra al pasar la Custodia con el Santísimo, como hacían los demás. ¡Se las daba de ser anarquista! Un hombrón que lo vio le dio un manotazo en la cabeza y quedó con la gorra entre sus dedos. El anarquista le preguntó: “¿Por qué tengo que yo quitarme la gorra?” Él le respondió: “¡Porque pasa Dios!”

            Yo recuerdo de pequeño, siendo monaguillo, que en mi pueblo no entraba ninguna mujer sin velo a la Iglesia, fieles a lo de S. Pablo...(I Cor. 11, 13-15). Los hombres se cuidaban mucho de entrar “a pelote”. A veces, hasta tenían lugares para dejar la gorra, mientras la Misa. Hoy todo ha cambiado. Pero a los mayores nos da un poco de pena la insensibilidad de aquellos que entran en el templo, por ejemplo, con la visera hacia atrás y luciendo un pequeño penacho por delante. No es que cometan pecado. Pero sí dan a entender una especie de desaliño o descortesía para con Dios

            Estar descubiertos sigue siendo en el hombre un signo de respeto. Así como lo es en la mujer estar tocada con un velo o mantilla.

 

 
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