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 Las abluciones                                                                                             Aguada, Puerto Rico

 

 

            P/ Me gusta visitar las diversas iglesias cuando voy a Misa. Y observo que algunos hacen muy bien las cosas. Pero hay otros que parece que tienen ganas de terminar y lo hacen todo precipitadamente: genuflexiones rápidas, reserva en el Sagrario de las Hostias consagradas sin el menor respeto, purificación de los vasos sagrados sin el menor cuidado, los ministros de la Comunión no se purifican las manos ni antes ni después de haberla repartido… ¿No se podría unificar todo eso? Gilberto Rodríguez, Ponce.

            R/ Las rúbricas (llamadas así por ser normas que están escritas en tinta roja en los misales) tienen todos estos detalles previstos y regulados. Pero es indudable que no todos los sacerdotes van a hacer exactamente los mismos movimientos, por ejemplo, con el purificador, al limpiar el cáliz, después de haber hecho todas las ceremonias de purificación de copones y patenas. Exigir una uniformidad absoluta, a parte de ser una cosa imposible, quita espontaneidad y libertad al servicio de lo que en realidad debe preocupar, que es el debido respeto a lo que se trae entre manos, las especies sacramentales del pan y vino: el misterio de nuestra fe.

            A mí no me preocupa la falta de uniformidad en esos gestos. Me preocupa que los sacerdotes podamos dar la sensación de falta de respeto. Aunque en esto también juegan su papel los ojos de los que miran. Desgraciadamente, con el despiste de algunos sacerdotes existe lo que en moral se llama el “scandalum pusillorum” (escándalo de los pusilánimes, mezquinos, ignorantes) que todo lo critican y por todo se asustan. No me preocupa si el sacerdote da dos o tres vueltas con el purificador al limpiar el cáliz, si las hace despacio o deprisa. Me preocupa si no lo seca bien, que puede desdorarlo; si omite lo que está preceptuado en el Misal, como la inmixtión (poner una partecita de la Forma en el Cáliz); si no se preocupa de la llave del Sagrario; si le da lo mismo dejar las Formas consagradas en un copón bien cerrado, que en uno sin proteger… Lo demás son formas accidentales, expresión más de una rica variedad, que de una uniformidad esclavista.

            En cuanto a las abluciones, en general en las sacristías suele haber una fuente donde los sacerdotes y ministros que llegan pueden lavarse las manos. Por tanto no sería preciso que lo hicieran ya dentro de la misa, salvo el sacerdote en el momento del ofertorio; y eso, no por necesidad higiénica, sino por el ritual significativo de purificación interior, que conlleva. Los ministros, que se disponen a actuar con esa delicadeza, deberían hacerlo solamente al terminar de repartir la Comunión, para lo cual disponen de una jofainita en la credencia; y, en general, lo hacen siempre.

            De todos modos, ahí quedan esas observaciones. A mí me gustaría que nunca diésemos los sacerdotes la sensación de desgana o despreocupación, ni siquiera en detalles tan minuciosos como los que se citan. Pero, afortunadamente, no somos ángeles, somos hombres al servicio de otros hombres, en nombre de Dios. ¡Bendito y alabado sea!       

 

                                   

 
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