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 La ceniza                                                                                             Aguada, Puerto Rico

 

 

P/  ¿Por qué la Iglesia sigue diciendo, “recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”, si ya Jesús nos concedió el derecho a la vida y a la resurrección?  Bien que Dios se lo dijese a Adán y Eva, pero no a nosotros. Nina Vega, Ponce

R/  La imagen literaria de Gn. 3,19, de que somos polvo, que lleva el viento, ante la inmensidad de Dios, está muy extendida a través de todo el Antiguo Testamento, sobre todo en los salmos. Y era la frase única, que se decía en latín antes de la reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II.

A partir de poner en lengua vernácula la Liturgia, en el Miércoles de Ceniza se dio la opción de que el sacerdote, o el ministro que le ayuda, dijese, como nota de conversión común a toda la Cuaresma: “Conviértete y cree en el Evangelio”, como punto de partida de nuestra disponibilidad a esa conversión; o la otra: “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”. Si somos polvo, tenemos mucho que andar hasta convertirnos en una preciosa margarita. Ambas pues, son igualmente permitidas en la ceremonia de ese día con que comenzamos la Cuaresma. La primera es una llamada a la conversión y renovación de las costumbres y la segunda a la humildad y a la fugacidad de la vida. Sólo merece la pena la vida en Dios.

Como ves, decir que solo Adán y Eva eran polvo, es desconocer lo profundo de nuestra naturaleza caída. A ellos se les prohibió la entrada en aquel Edén. ¿Hay que concluir, por ello, que fueron ya condenados al infierno? Yo me resisto a creerlo, porque entonces, ¿dónde está el derecho que Jesús nos ha concedido a la vida? ¿Es que sólo vale para algunos y para otros no? En todo caso, eso sólo lo sabe Dios. Pero lo que todos sabemos es que tanto ellos, como todos los que gozan de la naturaleza humana, somos polvo empecatado, y que a todos nos viene bien saberlo para ser humildes y caminar desde esta virtud hacia la santidad, de la cual es fundamento, como dice S. Agustín.

Por supuesto que cuando hablo de que todos estamos empecatados no estoy pensando ni en Jesús, que, como Hijo de Dios y segunda persona de la santísima Trinidad, es impecable (“todo lo hizo bien”, Mt 3,37), ni en su Inmaculada Madre, María, que, como dice otra vez S. Agustín, “por previsión de su futura calidad de Madre de Jesús no puedo pensar en ella cuando del pecado se trata”. Ella fue preservada del pecado de un modo especialísimo y único. A los demás se nos redime “a posteriori”, es decir se nos libra del pecado en el que habíamos caído. A Ella se la libró “a priori”, es decir no dejándola caer en él.

 

 
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