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 Mi fe mariana                                                                                             Aguada, Puerto Rico

 

 

Cómo defender mi fe mariana             

P/ Hace unos años acepté “pon” de una amiga que dejó de ser católica. Al abordar el vehículo le dije: “!Con Dios y La Virgen!” Y ella respondió: “A esa me la bajas de aquí”. Me llevé tal susto que no fui capaz de reaccionar. Me quedé muda. Aún hoy me acuerdo de esa frase y me entristece mi cobardía. ¿Qué puedo hacer? Carmen Cabrera, Caguas.

             R/ Comprendo perfectamente tu tristeza y tu susto. Eso indica que amas a la Virgen, pues te duele el desprecio que le hizo tu amiga. ¡Vaya amiga! Lo malo de esas ocasiones es que “los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz” (Lc. 16,8). Y nosotros no tenemos la misma desfachatez que ellos. Les han enseñado a hablar y obrar así; les han comido el coco; les han cuadriculado su mente; les han encerrado en dos argumentos, para que no puedan ver los demás, y así es muy fácil convencerles de que tienen la razón. Por supuesto, no les habrán hablado de cortesía, más que para lograr convencer a otros incautos como ellos. No conocen la palabra “descaro”.

Y a nosotros no; a nosotros se nos ha enseñado a amar a la Virgen como la amó Jesús, que estuvo 30 años obedeciéndola. Se nos ha dicho que es la Madre de Jesús y que, por estar tan cerca del momento en que se realizó nuestra redención (la cruz) y del comenzó la Iglesia (Pentecostés), es también Madre nuestra y eso lo llevamos en corazón. Por eso, yo he dicho muchas veces: “A la Virgen se la ama y ya”. No se nos ha enseñado a ser descarados ni fundamentalistas.

Era para haberle respondido: “Si mi Madre del cielo no puede ir con nosotras, déjame que me baje y sigue tú sola hasta el infierno”. Pero entonces hubieses caído en lo mismo que lamentas.

Yo me imagino que, si seguís siendo amigas, hayas tenido muchas ocasiones de afrontar el problema. Y si no, pues siempre hay ocasión de ponerle unas letras, por Navidad, por ejemplo, en que se puede suscitar la cuestión. Si lo logras, sé valiente. No andes por las ramas; vete al tronco. Prepárate con una amiga que te ayude, no te entretengas en cuestiones secundarias. Y, si después de haber hecho esto, con el método que nos aconseja S. Mateo, ella no quiere escucharte, pues ahí está la frase: “Considérala como una extraña” (Mt. 18,17).

Es terrible tener que decir a un amigo, o a un padre: “Si tu hijo quiere ir al infierno, tiene las puertas bien abiertas”. Y no seamos necios: ¡Donde no puede estar la Madre de Jesús, muy mal se va a encontrar él!

 

                                                           

 
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