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 Rezar u orar                                                                                             Aguada, Puerto Rico

 

 

           P/ En mi domicilio he recibido una hojita volante pentecostal con ese título. ¿Qué diferencia hace la Iglesia Católica entre esas dos palabras? Toña Ruiz

             R/ ¡Ninguna! Esas dos palabras tienen origen latino. “Orare” era lo que hacía el “orator” en el Senado o en el Foro, (pronunciar un discurso). “Recitare” tiene un prefijo “re-” y el verbo “citare”, que es un frecuentativo de “cieo” = poner en movimiento”; sería llamar a uno desde lejos para que venga hacia nosotros (el torero que “cita” al toro para que entre al capote). “Re-citar” sería la repetición de esa cita o llamada. De aquí sale un doblete al español: el vulgarismo “rezar” y el cultismo “recitar”. Éste último ha quedado para el recitado de poemas, que se pueden aprender de memoria (los niños, aunque no comprendan lo que dicen); o de textos, que se recitan a coro (los salmos).

            El castellano cristianiza esos dos términos para expresar lo mismo. Por eso “rezar” y “orar” se consideran sinónimos. El inglés, como no tiene más que uno: “pray”; lo mismo que el francés: “prière” (ambos nacidos de otro verbo latino, el deponente “precor”), no hacen problema de esto. Ésta no es cuestión de religión, sino de gramática. Decir, como ese folletito, que “la Biblia habla mucho de orar y que la palabra rezar no la utiliza nunca” es el colmo de los despropósitos. En último término dependerá del traductor.

            El Catecismo de la Iglesia Católica dedica su cuarta parte a todos los matices de la oración. Valga, para lo que nos interesa, decir que la oración puede ser de dos maneras: vocal (oral, recitativa, exterior) y mental (meditación, contemplación, interior).

            Es cierto que asimilamos más rezo a la primera y oración a la segunda. Pero decir que orar es hacer lo que nos manda la Biblia y rezar es lo que hacen los católicos cuando dicen el Rosario, en el que caen bajo las palabras de Mt. 6,7-8 (“no uséis vanas repeticiones como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos”); es decir: orar es bueno, porque lo hacen ellos; rezar es malo porque lo hacemos los católicos, como pretende ese folletito es, a parte de un egoísmo infantil, la expresión de la más supina y atrevida ignorancia.

            Nosotros rezamos el Rosario recitando el Padrenuestro (nos lo enseñó Jesús) y el Avemaría (la primera parte está en la Biblia y la segunda nos la enseñó la Iglesia) al unísono, meditando los misterios de la vida de Cristo (dolorosos, gozosos, gloriosos, luminosos). Y hacemos así una oración vocal y mental a la vez, en una expresión coordinada y unánime. ¿Quieren decirme qué clase de oración es la de los pentecostales, cuando uno de ellos grita, agarrado al micrófono, lo que cree que es su oración y a la vez, intentando competir en vocinglería, todos los presentes dicen la suya, convirtiendo la sala en un “tohu bawohu” indescriptible? Pues que se apliquen lo de Mt. 6,7-8; porque, ¡mira que se repiten!

            En pocas ocasiones como en ésta vendrá a cuento esa frase de mi pueblo: “¡Que venga Dios y lo vea!”.

 

 
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