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 Milenarismo                                                                                             Aguada, Puerto Rico

 

 

           P/ Si somos peregrinos aquí en la tierra, ¿por qué estamos esperando el cielo? Según la Biblia Cristo Jesús va a venir y a gobernar la tierra por mil años y después entregará a su Padre el Reino para que sea un solo rebaño y un solo pastor. ¿Por qué se dice que el Reino de Cristo no tendrá fin? Nina Vega, Ponce.

             R/ En cuanto a la primera pregunta, creo que no hay nada que explicar: Estamos esperando el cielo, justo porque no lo tenemos todavía. Lo conseguiremos después de la muerte, como quedó dicho en la columna de hace unas semanas, hablando sobre la doctrina de los Novísimos, en concreto sobre el Juicio Particular. Pero no lo esperamos sentados y “aquí me las den todas”, al estilo de la fe luterana. Ésta, por mucho que lo quieran ellos, no basta. Tenemos que peregrinar cumpliendo los mandamientos de la Ley de Dios, practicando las obras de misericordia y participando en sus Sacramentos, sobre todo en el de la Eucaristía; porque en todos los demás se nos da la gracia de Dios, pero en la Misa se nos da Dios mismo bajo las especies de pan y vino (“quien no come mi carne y no bebe mi sangre no tiene vida en sí mismo” -Jn. 6,55ss-).

            Y, desde luego, cuando consigamos ese Reino en el cielo (no olvidemos que “mi reino no es de este mundo” -Jn. 18,36-), ya no tendrá fin; nadie podrá arrebatárnoslo.

            Lo de los mil años, con toda la doctrina de la herejía llamada milenarismo, es harina de otro costal. Surge como una mala interpretación de los mil años expresados en los primeros versículos del capítulo 20 del Apocalipsis, en los que Satanás estará atado y al final de los cuales será suelto... Hizo perder mucho tiempo ya en vida de los apóstoles y ha hecho decir muchas majaderías a través de la historia, a pesar de que el reloj y el calendario se han encargado de demostrar las fragilidades de esa teoría interpretativa. Yiye Ávila sigue hablando de la trompeta a punto de tocar..., o criticando al Papa por sus viajes, mientras él se pavonea de haber ido a predicar a no sé cuantas naciones y haber hecho no sé cuántas conversiones a Cristo. ¡Qué conversiones serán...!

            El Catecismo de la Iglesia Católica en los n. 668 – 677 habla de todo esto.

            Todos pueden recordar las bobadas que se dijeron en torno al año 2000, incluso en medios católicos y aprovechando el secreto de Fátima, al que me he referido en otras ocasiones. Por un mero recordar, citaré aquella secta filipina que había decidido entrar en una cueva para huir del fuego que vendría a terminar con el mundo en torno a esa fecha. ¡Pobres! Tuvieron que salir de estampida cuando surgió uno de esos terremotos tan frecuentes en ese archipiélago.

            Lo importante no es pretender interpretar esas visiones del Apocalipsis y para colmo equivocarse, sino vivir la sencillez evangélica, porque desde ella sí que podemos “dar frutos de eternidad”, como usted misma dice en su carta, viendo ahora la presencia eucarística de Cristo entre nosotros: “Qui manducat meam carnem et bibit meum sanguinem vivet in aeternum” (Jn. 6, 55-57).

 

 
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