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 Confesión Escrita                                                                                             Aguada, Puerto Rico

 

 

P/ El otro día he visto cómo varias personas se acercaban al confesionario y apartaban la cortina para leer en un papelito. ¿Es bueno llevar escritos los pecados para no olvidar ninguno? Brenda Lozano

 R/ ¡No! Y que nadie me acuse de andar con rodeos y de no responder “ad hoc”.

Lo esencial del sacramento de la Confesión es reconocer nuestros pecados y buscar el método de librarnos de ellos y sus consecuencias. Para ello es necesario el Arrepentimiento y el Propósito de Enmienda, porque si uno se presenta al confesor dispuesto a seguir cometiéndolos, no solamente hace inútil la Confesión, sino que puede convertirla en un sacrilegio.

Naturalmente estoy hablando de pecados graves, mortales. Porque los veniales, por muy arrepentidos que vengamos y con muy buenos propósitos, surgirán cuando menos lo pensemos (Sant. 3,2). De todo esto se habló hace unas semanas.

La manifestación de los pecados, por tanto, debe ser sincera y clara en cuanto a la clase y al número de pecados. Para eso se aconseja hacer el examen de conciencia. En este contexto de reconocer los pecados, de dolerse de ellos, de decidir evitarlos, de sinceridad, no es fácil que se escape ninguno importante (se le llama “mortal” porque mata la vida de la Gracia en las almas). En todo caso, a Dios no se le va a olvidar ninguno de los que podamos olvidar nosotros.

En el fondo es un poco cuestión de fe: Si yo voy a Dios, debo tener confianza en su amor y su misericordia, mucho más al contacto con el confesor que, por una parte habla mi idioma y por otra le representa con toda su autoridad (Jn. 20,23). Aquí no cabe el que yo intente engañar al confesor; en ese caso intentaría engañar a Dios y eso también es sacrilegio.

Pero llevarlos escritos se expone a que el papelito caiga en otras manos y, aunque el penitente podría decirlos a quien quisiera (no así el confesor, que debe guardar el llamado “sigilo sacramental”), no es bueno que los catequistas enseñen, ni mucho menos exijan esa práctica a nadie. Si uno no confía en su memoria, vale más que confíe en la de Dios. Así no se expondrá a que nadie más que ÉL sepa sus intimidades de conciencia.

Puede haber casos muy especiales. Hace años se me presentó el caso de una confesión de sordomudos. Afortunadamente habían aprendido a leer y escribir y, como yo desconozco su idioma gesticular, nos servimos del escrito. Pero, como dice el refrán: “La excepción confirma la regla”.

 
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