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 Iglesia, pecadora?                                                                                             Aguada, Puerto Rico

 

 

            P/ El otro día me encontré en una lectura con la expresión: “Iglesia santa y pecadora”. En un momento pensé que se trataría de algún autor no católico, pero me equivoqué... ¿Cómo se puede ser santo y pecador a la vez? Un lector preocupado.

            R/ Hace muchos años yo leí un libro que se titulaba “Los defectos de los santos”, o algo así. Ya no me recuerdo ni siquiera el título. Pero sí me acuerdo que me impresionó en aquel momento saber que los santos fueron a veces grandes pecadores que se convirtieron; que para ser santo no se necesita haber sido inmaculado como María, ni milagrero como Santa Rita; que hay defectos humanos que no impiden la santidad de vida. Y lo que más me impresionó: Que no había ninguna disculpa para no intentar serlo...

            Pero cuando se trata de la Iglesia hay que tener en cuenta dos cosas, porque si no, podemos cometer el simplismo de acoplar esos dos conceptos, para encontrar una disculpa a nuestros egoismos.

            Primero: Las notas características de la Iglesia son cuatro: Una, Santa, Católica y Apostólica: Una, porque nace de Cristo y el que intenta dividirla normalmente la abandona; Santa en su origen, porque Santo es Él; y Santa en su función, porque santa es su DOCTRINA; Católica, porque es universal y todos tienen cabida en ella; Apostólica, porque en ella (visible en el Colegio Apostólico) dejó Jesús todo lo que nos traía del Padre; y después de 20 siglos no lo ha abandonado (Vease los numeros 811-865 del Catecismo de la Iglesia Católica).

            Segundo: Ya san Pablo nos advierte en una de sus cartas que “tenemos un tesoro en vasos frágiles” (2 Cor. 4,7). Es decir el tesoro es Cristo, su doctrina, su gracia, su caridad... Y eso sigue siendo un tesoro, su tesoro, su divinidad y su humanidad... Pero él mismo quiso ponerlo en nuestras manos y no por eso hizo que nuestras manos fuesen sobrenaturales o pequeñas prolongaciones de la impecabilidad de Dios. Confundir el tesoro con el recipiente no deja de ser un despropósito.

            Por lo tanto, la Iglesia sigue siendo SANTA a pesar de que sus miembros laicos, sacerdotes u obispos sigan teniendo que decir al comienzo de la función más sagrada de su liturgia, la Santa Misa: “Yo confieso ante Dios Todopoderoso y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho...”

            Cuando el Papa pidió perdón por errores históricos de la Iglesia, no se refería a lo primero, sino a lo segundo. La Iglesia no es pecadora, por mucho que lo seamos nosotros, los que indignamente pertenecemos a ella.

 

 
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