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 Poder de llaves                                                                                             Aguada, Puerto Rico

 

 

            P/ Los hermanos separados de otras iglesias me preguntan: ¿Por qué tenemos que confesar nuestros pecados a un sacerdote, si la misma Iglesia Católica tiene una oración que dice: “Yo confieso ante Dios Todopoderoso y ante vosotros hermanos....” Teodoro Cruz Rentas, Santa Isabel.

             R/ No me gusta el eufemismo “hermanos separados”. Si son hermanos no deben estarlo; y si lo están, ¿qué clase de hermanos son? Pero me gusta menos esa forma de argumentar, queriendo hacer ver que los católicos caemos en las contradicciones más simples. Deberían tener en cuenta todos los detalles de la doctrina católica, para descubrir la cohesión interna y apreciar la verdad plena “que nos hará libres” (Jn. 8,32).

            Con la misma potestad que Jesús había venido del Padre él envía a sus apóstoles por el mundo (Mt. 28,18), para que hagan y deshagan, porque lo que, a partir de entonces, ellos aten aquí en la tierra, él lo atará allá en el cielo; y lo que desaten en la tierra, él lo desatará en el cielo (Mt. 18,18).

            Cuando el día de Pentecostés los apóstoles captan plenamente el meollo de este mensaje, se organizan para llevarlo a cabo de la mejor manera posible. El Sacramento de la penitencia tendrá varias etapas y expresiones hasta llegar a la liturgia de hoy.

            En lo doctrinal la Iglesia siempre ha tenido en cuenta que hay pecados pequeños y grandes, (veniales y mortales). Los primeros no rompen el estado de gracia de Dios en el pecador y solamente suponen una pequeña purificación. Los mortales, por el contrario, rompen totalmente la unión con Dios y su recuperación supone el uso pleno de la potestad heredada en la Iglesia (potestad de las llaves - Mt. 16,19).

            Esa oración (“Yo confieso”), puesta al comienzo de la Misa, supone que los que se acercan no tienen otro inconveniente que los pecados veniales y, por tanto, con ella se prevé que puedan purificarse suficientemente para comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo tranquilamente dentro de la Misa.

            Pero si llevan la conciencia cargada con pecados graves o mortales, hay que tener en cuenta que Jesús sólo dio potestad de perdonar los pecados a sus discípulos, no a cualquiera de sus seguidores. Por tanto tendrán que someterse a una disciplina más seria confesando esos pecados a quienes Jesús dio esa capacidad: Pedro y los apóstoles; y éstos, en legítima herencia, a obispos y presbíteros (o sacerdotes). Y deberán hacerlo con verdadero arrepentimiento; para lo cual viene bien esa oración, o el “Señor mío Jesucristo”, o el “Credo”, o el “Avemaría”, o, sobre todo, el “Padrenuestro”, que fue la que nos enseñó Jesús.

            No confundamos las cosas. La Iglesia Católica no inventa el sacramento de la Penitencia; simplemente administra el poder que le dio Jesús, tanto al practicar el rito penitencial de la Misa para los pecados veniales, por ejemplo, como el rito sacramental de la Confesión para los mortales.

            ¡Explícales a esos “hermanos” todo esto!         

 

 
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