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 El Demonio                                                                                             Aguada, Puerto Rico

 

 

            P/ ¿De dónde viene el demonio? Si Dios es tan bueno y todo lo hizo bien, ¿cómo pudo colársele un ser tan malvado? Maritza Galarza, Bayamón.

            R/ Es cierto que Dios todo lo hizo bien, tanto en el mundo de los ángeles como en el de los hombres o en el de la naturaleza. Pero es cierto también que a los dos primeros (ángeles y hombres) los dotó de libertad. Ellos la usaron mal y, por pertenecer a un orden superior, dañaron también el inferior. Te aconsejo que leas el número 391 y siguientes del Catecismo de la Iglesia Católica.

           Por esos números verás que no se puede achacar a Dios su maldad, ni darle al demonio un protagonismo absoluto, como si fuese capaz de crear él por sí mismo cosas, buenas o malas. La maldad no existe: es un mal funcionamiento de una criatura que salió buena de las manos de Dios, pero que se dejó arrastrar por el orgullo y dañó sus propias acciones.

             También es verdad que “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”, como nos dice S. Pablo (Rom. 5,20). Y que Dios ha dado al demonio la posibilidad de tentar al hombre para que quede así más clara la capacidad del hombre al vencerle, usando en plenitud su propia libertad, sobre todo, si cuenta con la ayuda de Cristo. Por eso dirá S. Agustín: “¡Feliz la culpa que nos trajo tal Redentor!”

            Un ejemplo lo tenemos en las tentaciones de Jesús, que quiso someterse a los impulsos de ese ángel caído para darnos ejemplo de vida y esperanza. En el Número 530 y siguientes del Catecismo se explica todo este tema con más amplitud que la que permite esta  columna.

            Como consecuencia de esto, es también cierto que entre los enemigos del alma humana S. Juan cita, además del “mundo” con sus seducciones y la “carne” con sus placeres desordenados, al “demonio” con sus sugerencias y tentaciones. En el número 2851 y siguientes del Catecismo se habla de esta estratagema del llamado “padre de la mentira” y del modo de que tenemos de combatirle.

            Me he remitido a esos números del Catecismo, porque allí se encuentran todos estos matices con mucha profusión de citas teológicas, eclesiásticas o bíblicas, para todos aquéllos que se van un poco por los extremos y, o no reconocen la existencia del demonio o le ven hasta en la sopa. Un principio de filosofía latina decía: “In medio virtus” = La virtud está en el medio, no en los extremos.

            Satanás no tiene poder más que en aquellos que se lo dan. ¡Es triste saber las posibilidades a que puede llegar la necedad humana en los cultos satánicos!

 

 
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