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 Limbo Niños                                                                                             Aguada, Puerto Rico

 

 

            P/ Hace unas semanas usted respondió que sólo hay un cielo, a menos que pensemos en el Purgatorio o en el Limbo de los Niños. Mi pregunta es: ¿Quiénes van a ese Limbo, los niños que mueren varios minutos después de que nacieron o también van los abortados? Si Dios es misericordioso, ¿por qué ha de haber un Limbo de Niños? María Jomari Ginorio.

 

            R/ Bueno, vamos por partes. El Catecismo del P. Astete decía que había cuatro infiernos: a) el de los condenados; b) el Seno de Abrahán, al que descendió Jesús, para sacar a los que esperaban su advenimiento y que, por tanto, anuló; c) el Purgatorio, que sería un infierno transitorio; y d) el Limbo de los Niños, donde van los que, sin llegar al uso de razón y por tanto sin responsabilidad personal, mueren sin el Bautismo (nacidos o nonatos); porque, si mueren bautizados, se van con todos los derechos de Cristo al Cielo. Y los llamaba así porque de alguna manera estaban desprovistos de la presencia de Jesús; unos, porque habían pecado, y otros, porque no habían sido regenerados en sus aguas.

            En otra ocasión yo dije que se podía discutir sobre si ese Limbo era un rinconcito del Infierno o era un rinconcito del Cielo (que quede claro que no es un lugar, porque las categorías de espacio y tiempo son de este mundo, no del otro). Precisamente pensando en la misericordia de Dios, yo me inclino a lo segundo, así lo manifesté y en ello me reitero. Pero no se puede decir, con una simpleza angelical, que no existe el Limbo de los Niños, como hace el P. Morocho, porque eso equivaldría a decir que es lo mismo que un niño muera con el Bautismo o sin él. Lo cual equivaldría a negar la eficacia de ese sacramento y anular el precepto de Jesús: “Id, predicad, bautizad…” (Catecismo de la Igl. Cat.: 1250). Y eso no se puede contemplar.

La diferencia entre el Cielo y el Limbo de los Niños no está en la localización, sino en el estado que se crea al estar unos bautizados y otros no; unos tienen aplicados los méritos de Cristo por el Bautismo y los otros no. Y esa diferencia no la establece la misericordia de Dios, sino la ignorancia o la malicia del hombre. Dios, por medio de Jesús, nos ha dado todos los medios para mandar a nuestros niños al cielo. Si nosotros les hacemos la canallada de no bautizarles hasta que sean mayores, como hacen otras sectas anticatólicas, en un signo más de su anticatolicismo, y se les mueren sin el Bautismo, ¡allá ellos! ¡Su cuenta darán a Dios!

Si además son sus propias madres, las que los matan antes de darles esa posibilidad, la canallada toma dimensiones astronómicas. Que cuando vayan a abortar, al menos tengan la valentía de hacerles un bautismo intrauterino; y luego, si tienen corazón, que los maten. Pero por favor que no se acojan a lo de la “emergencia médica”, de la que hablaba el otro día la procuradora de la mujer, para justificar ese crimen que se llama “aborto”, por mucho que se quiera utilizar el eufemismo de “interrupción del embarazo” o “resultados perjudiciales e inconstitucionales para el bienestar y la salud de las mujeres”; ésas fueron sus palabras. ¡Que barbaridad!

 
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